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Justificación

En el momento presente la crisis financiera global ha provocado una verdadera obsesión por el equilibrio presupuestario de los estados nacionales. Son muchas y sólidas las razones para atajar el déficit público y para reducir los gastos del estado, incluyendo todos los niveles del mismo, no sólo los gobiernos centrales, a dimensiones soportables por el conjunto del cuerpo social. Sin embargo, desde el punto de vista de la opinión pública, esta oleada de recortes parte de una proposición que pertenece al sentido común de las sociedades contemporáneas (y no debemos olvidar que el sentido común es un producto histórico): reducir los gastos superfluos del estado y limitarlos a lo estrictamente necesario para un correcto funcionamiento de las sociedades. Más allá de eso, el debate pertenece a políticos, economistas o sociólogos que tienen puntos de vista diferentes, cuando no claramente contradictorios, acerca de que es superfluo o cual es el papel del gasto público en el conjunto de una economía saneada y productiva. Desde ese punto de vista, el pasado europeo ofrece interesantes elementos de reflexión sobre el gasto público en el sentido más amplio del término. A veces se olvida que, al menos hasta el siglo XVIII, fue el gasto el que determinaba la política de ingresos y no a la inversa: “gobernar es gastar”. A pesar de esa evidencia, mayoritariamente, la historiografía ha partido durante muchos años del supuesto teórico contrario y, por tanto, trataba de analizar los flujos de ingresos, cuantificarlos, medir su eficacia, etc. y luego, asumiendo un teórico equilibrio presupuestario, medir el gasto que, así analizado, se constituía en un elemento de desequilibrio si superaba los teóricos ingresos y, en última instancia, en la causa de la ruina del estado y la sociedades que lo sustentaban.

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Podríamos concluir por tanto que la discusión no es nueva, lo que es realmente nuevo es el contexto económico y social de la misma en una economía globalizada, muy singularmente desde el punto de vista de los flujos financieros. Si volvemos al inicio del problema, al primer origen de una fiscalidad de estado entre los siglos XIII y XIV, el panorama se vuelve más complejo. Tolomeo de Lucca (m. circa 1327) en su continuación al De regime principum de Tomás de Aquino, utilizaba una bien conocida metáfora en la teoría política medieval, la similitud existente entre cualquier reunión de hombres y el cuerpo humano. Lo que nos importa es que compara el tesoro real con el estómago, receptor de alimentos y encargado de repartir sus energías por las demás partes del cuerpo. La relación entre ingreso y gasto se configura así como un todo coherente para la salud de la res publica.En efecto, es bien conocido por la moderna investigación histórica el papel fundamental que el gasto tiene en la conformación de las maquinarias fiscales europeas y, por ende, en la construcción del estado moderno. Adam Smith sintetizó esta realidad hablando de la “defensa del reino” y la “administración de justicia” como fuente fundamental de la legitimidad de los ingresos. Recogía así una larga evidencia, práctica y teórica, común a toda Europa al menos desde el siglo XIV, la cual puede sintetizarse en el papel fundamental que la guerra supuso para la construcción estatal. Junto a esto, la extensión del concepto de bien común procedente del derecho romano y la nueva articulación de la res publica que impulsó, permitieron ampliar la noción de gasto durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna. Frente al precepto feudal, “el rey debe vivir de lo suyo”, lo que se va imponiendo lentamente son dos conceptos complementarios, ambos muy bien recogidos en Tomás de Aquino. De un lado “la necesidad no conoce la ley”, esto es la urgencia de determinados gastos para el bien común era superior a los derechos legítimos de los contribuyentes, de acuerdo con los privilegios y el marco legal que regulaban su aporte a las arcas de la república. De otro, “gastar más para el bien común”, que permite extender el concepto de gasto, algo muy visible en los costes de los servicios comunes (obras públicas, abastecimiento, asistencia a pobres o enfermos) que desarrollan las ciudades europeas en este período. Es cierto que el proceso, desde el punto de vista teórico, no fue nunca unánimemente aceptado y generó un pensamiento muy diverso y contradictorio. De hecho, ambas afirmaciones, si nos atenemos a los tratadistas del período, estaban trufadas de múltiples límites acerca de lo que se consideraba legítimo gastar y, por tanto, de la legitimidad de los ingresos necesarios para cubrir ese gasto. Por último, es imposible separar el gasto de la deuda pública, ya sea de los reinos, lo estados o las ciudades si nos atenemos al periodo considerado. Debe pensarse que el crecimiento de la deuda, sus diversas formas de financiación y las consecuencias que tuvo para los emisores y las sociedades que lo soportaron forman parte del mismo proceso aquí esbozado.

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En conclusión, el estado, en el sentido más genérico de cuerpo político, el gasto y la fiscalidad han seguido caminos inseparables desde el siglo XIII hasta el presente. Por ello el Coloquio pretende ofrecer una visión que nos permita alejarnos de la óptica tradicional de análisis de los ingresos y el gasto desde un teórico equilibrio presupuestario y adentrarnos en la relación entre gasto, estructuras políticas, condicionantes económicos y teoría social.Tomando como base territorial los espacios gobernados o fuertemente influidos por la Monarquía Hispánica a finales del siglo XVI, las tres secciones de este Congreso pretenden una primera aproximación al gasto y a la deuda que tenga en cuenta todos los factores implicados. Un elemento esencial del mismo es su aproximación interdisciplinaria y la inclusión de especialistas en el gasto público del presente para precisar los conceptos y límites de la estructura del gasto público en la Europa Bajomedieval y Moderna.

Ángel Galán Sánchez
Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Málaga y Coordinador de Arca Comunis